domingo, 3 de agosto de 2014

LAS CARAS DEL DOLOR

Había defraudado a sus padres, lo sabía. Pero eso era algo que no podía evitar, su vida era una evidencia clara de que el destino es ingobernable y no acepta pactos en su camino.
A veces trasladaba su mirada, la encadenaba de recuerdo en recuerdo dándole forma a su pasado y buscaba en ese recoveco de su mente la sonrisa de la madre y el abrazo inagotable del padre, pero el recuerdo era un espejismo de algo que ya no existía.
Ellos siempre habían soñado lo mejor para sus hijos, desde pequeños les iban indicando el sendero de la buena persona, libreto que a través de los años la realidad va poniendo a prueba y muchas veces lo modifica hasta cambiarlo totalmente.
De alguna manera en el fondo de su ser la decepción la carcomía, a duras penas comprendía el comportamiento de toda su familia, juzgarla y condenarla al destierro, y donde había quedado todo lo que le enseñaron “perdonar y comprender es el acto más sabio del hombre” le decían, pero por qué no cumplían esa regla con ella.
Algunas veces quería odiarlos, arrancarlos a todos de su mente y de su corazón, olvidar parece un arte fácil, dejar que el vacío de la ausencia cicatrice con la mera venda del tiempo suena sencillo pero es imposible, se decía a si misma mientras se recostaba en una cama gastada de hotel.
Por las mañanas le gustaba levantarse y mirar como las madres llevaban a sus hijos a la escuela, era algo que ella deseaba más que nada en el mundo, ¿qué sentirían esas mujeres en su pecho cuando a su lado caminaba la continuidad de su vida?, quizás eso era lo que su familia no le perdonaba, que no haya podido darles un nieto, un sobrino, un niño que sencillamente llevara su apellido.
Cada noche antes de salir, se sentaba frente al espejo, de sus ojos azules caían lágrimas, ella no había querido ese destino, solamente se dio así, y como en un acto de arrepentimiento  se quitaba su peluca rubia y ponía frente a ella su documento, sentirse tan mujer y frente a los demás ser Damián Herrero, era su culpa o solo un mero capricho del destino, o tal vez simplemente la esencia de su ser.

Federico Espinosa.

1 comentario:

  1. Cuánto dolor se guarda en aquellas personas por culpa de esta sociedad mezquina y villana. Ojalá Dios existiera para que demuestre que su idea de amor no es tan limitada y dictatorial como piensan ciertas religiones y personas.

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