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Abortar

quiero abortar al idiota que dice -no al aborto- pero mira de reojo a la niña que se hamaca en la plaza del barrio

abortemos a la señora que viene con la cruz a defender la vida

abortemos al cura y a la monja que hablan con dios en la boca y el diablo debajo de sus sotanas

hay tanto que abortar en este mundo abortemos al político amigo del médico que tiene clínicas clandestinas donde van a morir las pobres y donde las modelos dejan sus fetos tirados para después hablar con un periodista de la mala palabra que es abortar

abortar, abortar, abortar sangrar la vida hasta que la vida misma sea salvada.


Espinosa Federico
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Dólar

Las hojas verdes suben y bajan el árbol humano come o muere de hambre el otoño económico le da una tristeza de funeral vacío al país.
Un dios creado en otro cielo define sin en la mesa habrá un plato de vídeos con tuco y carne picada o agüita mezclada con polenta revestida con un caldo de gallina.
Caen y suben los suspiros verdes los millonarios han hecho casitas en otros bancos para su santo patrono el único canónico que aprueba el pecado.
Las hojitas con caras inglesas arrasan países degeneran corazones y culturas lejanas hay una tumba para cada mano que no le de caricias a la piel verde de ese falso papel.
La balanza se inclina para el lado del hambre si sube es seguro que habrá más niños con cara de penuria habrá ollas gigantes en los comedores de los barrios.
Cuando las hojas verdes asciendan al cielo los niños panzones de grandes ojeras se comerán la esperanza que les tira dios.

Una curva hacia lo incierto

Seguramente hoy, allá lejos nadie piense en mí tal vez por eso vive adentro una congoja sin nombre, el dolor se desprende como una fruta madura y va dejando mi cuerpo desnudo, sin hojas mostrando mis ramas secas.

Qué importa que ceda este muro interno para cambiar hay que tirar lo que se arraiga como una verdad, uno es frío hasta que algún fuego le aviva el alma, hasta que algún sol le mata el invierno.

Tenemos que cambiar la piel mudar el cuerpo en el tiempo para fluir livianos como el aire, para cargar un poco más el dolor unísono de la distancia, la piedra triste de la ausencia.

Quizás detrás de estas palabras venga la redención de no necesitar el convento silencioso de tu cuerpo vacio.

Pero el futuro es siempre una curva hacia lo incierto, nada es seguro a veces la cura esconde contraindicaciones peligrosas.

Espinosa Federico.

Angustia

Se me acaba el día
y siento la implacable
derrota
de sentir que no he podido
darle a mis horas
una certeza
alguna migaja
de algo siquiera
parecido a lo efectivo.
Siento en el pecho
una profunda angustia
existir
sabiendo que mañana
debo seguir vivo
existir
y sentir que la vida
es un crucifijo
pegado a la piel
querer arrancarlo
sin hacerme cargo del dolor. Esto que soy
es un barco chocando
un frio iceberg
eso frio
es la existencia,
y siento miedo
presiento
que no puedo
seguir llevando
esta carga,
la carga que transporta
cada minuto del día
cada segundo
que acompaña
mis amargos pasos
por el mundo. El fin no llega
hay una cobardía
que no quiere
llamar a la muerte,
el pecho
es un cuadro tembloroso
habitado
por una angustia
tan enorme
como el corazón de un titán. No quiero caminar
pero igual
los pasos del tiempo
no me dejan descansar,
llegar a mañana
es el terror
que cayó en la suerte
de mi moneda,
tengo miedo
siento que me estoy
quedando vacio. Un minuto de silencio
es el pasaporte
hacia el terror
de padecer la existencia. Federico Espinosa.

La plaza es el coliseo gitano

Amanece quebrada la mañana
por la lengua zíngara,
gritos, cuchillos en el aire,
mujeres en el piso,
autos y camionetas
rodeando la plaza.
Patada y golpes
caen como granizos
en una feroz tormenta,
el ruido a hueso roto
resuena en las caras,
las camisas rojas
por la sangre
de algún deshonor,
alguna niña robada
por algún gitano pobre
sin monedas de oros
ni autos viejos a la venta.

Pitbull contra Pitbull
se baten a muerte
los perros son fieles
hasta en la magna locura
de la arenga gitana.

Los cuchillos tajonean el aire
la muerte resuella
en las gargantas zíngaras,
las viejas matronas
pelo a pelo, teta a teta
se van despellejando el cuerpo.

Las sirenas policiales
se sienten y los gitanos
como lagartijas asustadas
desaparecen de la plaza,
camionetas y autos
forman parte del pasado.

Uno piensa en Romeo y Julieta
Capuletos y Montescos,
y también en gladiadores
batiéndose en el coliseo romano.

Los gitanos dejaron
tirados en la plaza
pedazos de pelo, pieles de teta,
gotas de sangre,
y un noble Pitbull agonizando.

Federico Espinosa.

Calles

Una calle sin nombre
hundiéndose en la noche,
carteles mal armados 
ofreciendo cerveza,
los hombres en fila india
dejan las últimas monedas
de la changa del día.

Calles de tierra
donde nacen personas
prójimos destinados a la sombra,
floreciendo en barrios duros
como costras de una herida en la humanidad.
Calles habitadas por animales
dolores donde no penetra el poema,
conciencias mudas
donde perece toda razón humana.
Calles que hacen un laberinto
donde los héroes ciegos y sin hilos
de Ariadnas son demolidos
por la realidad de las circunstancias.
Calles, caminos, senderos
por donde la huella de Dios
huye sin dejar milagros.
Federico Espinosa.

Kushe papai (Abuelita)

La luz se cierra en torno al pino amanece ella abraza a cada árbol le habla el mapudungun quiebra mi pobre idioma los deshace como el sol a los últimos suspiros de la sombra.

La abuela era mi vecina hoy apareció su voz en mis sueños era joven cuando ella me saludaba me hablaba y yo sonreía con la fuerza de esas palabras.

Mari mari hizo un hueco en mi memoria yo sonreía y decía –hola- ahora entiendo su cara de extrañamiento mi respuesta era una piedra quebrando la belleza de su lengua madre.

Amanecía a mi ventana acudía el rocío envuelto en la melodía de esas palabras que hacían florecer el jardín de mis palabra añejas esas que uno trae del jardín de sus pasados.

Kümelen me dijo la última vez que la vi llorando ante un árbol seco.

Hoy llevo pequeños brotes de ese idioma que me asaltan en los sueños la palabra define a un pueblo este decir mapuche me ha dejado oír su milagro aceptó al huinca con palabras de hueso le dio una caricia a esta poesía seca.

Cada pueblo late y vive acunado a su idioma.
Espinosa Federico