lunes, 7 de octubre de 2013

EL INICIADO


La tarde caía delicada y triste, nostálgica y aburrida como una lágrima que en el silencio nace y muere.
Miraba mis manos, buscando las líneas de mi vida, pero el mapa estaba vacío, las carreteras del destino se ocultaban de estos ojos penetrantes dominados por una oscura razón.
 Sabia que alguna vez el cambio se produciría, solo esperaba el momento, la circunstancia justa que generara el quiebre de todo aquello que me aburría, debía estar atento, sería el centinela de mi vida.
Salí a dar un paseo, mi paso era lento, la mirada taciturna, caminaba por el mundo pero fuera de él, nada llamaba mi atención como podía distraerme por cosas que consideraba vacías y carentes de ese sentimentalismo que me rodeaba y  protegía del sabor a nada que le impregnaba el mundo a esta joven piel.
Busqué un banco solitario al final de la plaza, pensé que nadie se acercaría que su lejanía silenciosa seria un muro infranqueable, por un momento funciono, pero como una gran explosión mis sentidos cedieron en su interior al canto de todo aquello que odiaba. El canto de sirena que reposa en los oídos de la juventud me llamaba y yo nada podía hacer, la vida se enlazaba con la locura y creaba un cuerpo de dios inmortal.
Lentamente comencé a sentir la necesidad de disfrutar, de vivir todo con la fuerza arrolladora de mi juventud, en ese momento nada ni nadie podía detenerme, sentía correr por mis venas un río parecido a la inmortalidad, acaso las parcas le habían dado la espalda a los hilos de mi vida.
La embriaguez me consumía, todo daba vueltas en mi cabeza pero no era suficiente. Necesitaba más, esta vida no me alcanzaba. La niñez se iba como un tren lleno de recuerdos, sus puertas se cerraban me sentía expulsado del cielo, un desterrado al infierno de la juventud que me llamaba a gritos y yo no quería escuchar pero sin embargo esa melodía me llevaba, me arrastraba como una bestia atraída por la melodía de un Orfeo desconocido. Eso era ahora una bestia consumida por el deseo de la vida en mi no había espacio para la muerte.
Todo lleva a la noche como un camino único donde cada uno logra sacarse la máscara, donde cada uno se encuentra con la imagen de su propio infierno. La noche brillaba como una cúpula sagrada hacia donde los pasos de mi destino se dirigían. Marchaba sin pensar en las huellas que deja el pasado. La noche me esperaba para bautizarme con su oscura agua de silencio y locura.
La música sonaba y repercutía en mis oídos, una multitud de gente gritaba y bailaba, celebraban su propio ritual, el ajetreo dentro del local me mareaba, apenas podía mantenerme en pie. La noche pasaba furiosa, una joven se acerco a mí, tomo mi mano y ambos bailamos como poseídos por un hechizo inagotable de locura y pasión, ¿quién era esa chica? la verdad no importaba había despertado el deseo, las ganas de poseerla invadirla con la única intención de saciar toda mi fuerza y satisfacer esta nueva necesidad.
Luego todo ocurrió velozmente, ella me puso contra la pared. Me beso. Nuestras manos recorrieron nuestros cuerpos y en un segundo toda la erupción de mi piel se vació en el valle silencioso, en el templo sagrado del placer de su cuerpo, yo sentía gemidos y música como un eco lejano, luego un gran vacío. Quizás ella nunca lo sepa se había llevado mi insignificante virginidad. Así se va la vida de mujer en mujer, de piel en piel, de niño a hombre, así se va sin pedir permiso ni decir adiós.
El sol del amanecer golpeo mis ojos, me encontraba en un banco solitario al final de la plaza, miré todo a alrededor y me invadió una profunda tristeza, me di cuenta que mi instante había pasado, que el quiebre había sucedido y no pude evitarlo. La niñez solo era un fantasma alejándose de mí. Ahora era uno más de ese circo que antes aborrecía. Era un nuevo iniciado, un nuevo joven que quería conquistar el mundo aunque nada entendiera de él y nada supiera del tiempo y su fugaz vida.


Federico Espinosa.