Una moneda en el aire
cae con su brillo a cuestas,
gira mostrando la cara
y la cruz de su entierro metálico.
La moneda da vueltas
en el vacío enorme
donde el tiempo
frunce el ceño
y ahoga su carcajada eterna.
Le huye al maquillaje del oxido,
le teme a la vejez de su metálica piel,
todo su valor es solo un soplo
ante el despiadado paso de las horas.
Segundos de caricias flotantes
y luego la meteórica caída
de su cuerpo redondo,
y así se va como la vida
entre pestañeo y pestañeo
años sobre los cuerpos,
sobre los hombres
sobre el mundo
sobre el tiempo que nunca se arruga.
miércoles, 5 de octubre de 2011
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