martes, 14 de mayo de 2013

DON JUAN TERCERA EDAD


Don Juan se movía de departamento en departamento con la astucia de un viejo lobo, todo el piso estaba poblado de alegres abuelas, todas viudas y viviendo solas, queriendo apabullar de alguna forma a la extraña soledad que parecía adherírseles a la piel.

El había desplegado todo el encanto que los años y la experiencia le habían enseñado para conquistar a las mujeres, y ya sea porque sus tácticas en el arte de la seducción eran infalibles o porque quizás había nacido con el extraño don de atraer al sexo opuesto, Don Juan contaba sus conquistas por miles, y a diferencia de cierto tipo de hombre embaucador que miente infelizmente con el numero de amores que ha tenido, Don Juan no mentía, era si se me permite la frase un depredador de mujeres.

Todas amaban al viejo pero ninguna se atrevía a contárselo a la otra, quizás por miedo a perder la única alegría personal que tal vez después de años había llegado a su vida, en fin ninguna sabia que formaba parte del harén personal de ese mujeriego empedernido.

La sospecha comenzó cuando Margarita oyó pasos en el pasillo y no pudo soportar la tentación de sacar la llave de la cerradura, utilizando el pequeño orificio para espiar, y vio que Don Juan venia caminando, ella miro su reloj, tal vez la hora había pasado rápidamente, pero no era así, se desespero quizás el viejo quería darle una sorpresa, resignada pensó esperarlo sin toda la coquetería habitual, es que ya no había tiempo; pero imprevistamente el galán maduro golpeo la puerta de su vecina que se abrió lentamente y pareció subsionar la figura de Don Juan, un alerta máximo sonó en todo el corazón de Margarita, y si acaso este amable hombre que había llegado a su vida mostrándole una enorme sonrisa y diciéndole que los años la mostraban enormemente bella, no podía creerlo estaba frente a un vulgar picaflor.

Margarita se dedico a espiar todos los pasos de su amante y en una semana logro descifrar la forma en que Don Juan manejaba los horarios de sus fugaces citas, este hombre era todo un jugador, movía los hilos de la seducción con la precisión de un titiritero, pero esta vez ella lo había descubierto.

Decidida a terminar con toda la gran farsa del sonriente Juan, invito a todas las mujeres de ese piso, obviamente el vulgar amante estaba excluido, ella preparo una gran cena, el clima era alegre cada abuela hablaba de sus nietos, de donde irían a pasar las vacaciones; cuando creyó conveniente Margarita interrumpió el bullicio de la cena y drásticamente anuncio que tenía que informar una noticia en la cual todas estaban incluidas, un silencio de aula en examen se apodero del departamento, parada en la esquina de la mesa la abuela comenzó a decir – Alguien ha estado jugando con los sentimientos de todas nosotras y seguramente se ríe a escondidas-

Las abuelas a coro preguntaron de quien se trataba. –Es Don Juan que nos ha estado mintiendo-.

Margarita esperaba que las ancianas estallaran en ira y que como avispas enojadas todas apuntaran sus aguijones al cuerpo y alma de Don Juan, pero nada de eso ocurrió, pasaron unos segundos más de silencio y repentinamente como si estallara una tormenta resonó en todo el departamento una carcajada formada por las abuelas. Ella no entendía nada. Pensó que quizás no le habían creído y era lógica su reacción.

Pero una de las señoras le dijo –Eso ya lo sabíamos, pensábamos decírtelo esta noche-

-Bueno ahora que todas lo sabemos propongo que lo hagamos echar del edificio-

-Vos estás loca, tanto tiempo solas, tiradas en unos departamentos que parecen nuestras tumbas, acaso no te has dado cuenta que desde que él llego cubrió el silencio que reinaba aquí con nuestras propias sonrisas, nadie conoce la forma de la felicidad  y tal vez para nosotras esa forma sea Don Juan-

La cena duro toda la noche y adentro todo era alegría.

Federico Espinosa.

jueves, 2 de mayo de 2013

Don Peronista.


“Los muchachos peronistas…” así empieza las mañanas mi padre cantando con todas las fuerzas de su voz, lo que él llama el verdadero himno argentino. Nuestros vecinos agotados hasta el hartazgo, ya ni siquiera protestan, recuerdo que cuando yo era un chico, ellos daban grandes golpes en la pared y le pedían a gritos a mi papá que los dejara dormir tranquilos, a lo que el viejo respondía –Madrugando vamos hacer un gran país, lo dijo el general-.
En una de las esquinas del departamento mi padre amuro un estante que posee dos bases, en la primera esta la foto de mi ya desaparecida madre y en la segunda un poco más arriba la foto de Perón y Evita, adornada con todo tipo de flores, cada 17 de Octubre posan sobre ellas dos banderas, una de la Argentina y otra con el signo del peronismo, la foto de mamá está sola con algunas rosas secas que dejan caer sus pétalos ya marrones, que se parecen creo yo a las lágrimas del olvido, mi padre casi nunca recuerda la fecha en que mi madre partió hacia el otro mundo, he incluso en su entierro me dijo al oído una frase con la cual creo que llegue a odiarlo –Sabes hijo cuando murió Evita yo estaba más triste que ahora-.
A mí me ha insistido toda la vida para que me afilie al partido justicialista –Así vas hacer mejor persona- me dice, yo le muestro una sonrisa un poco agria para ver si así se rinde ante  ese sueño inútil, de entregar mi vida a un hombre que había muerto antes de que yo naciera.
-Lo que pasa hijo es que vos no estuviste en la plaza, si hubieras visto toda esa gente hoy serias un peronista mas-.
Lo que el fanatismo le hace al hombre es horrible, le quita su propia vida, lo llena de pasiones arrancándole la razón, les da una sola mirada para el mundo, los despoja de los sentimientos, los hace hombres autómatas con los oídos abiertos a una sola ideología que quizás y esto es un cómico peligro nunca en su vida logre entenderla.

Mi padre perdió su vida el día que se hizo peronista y lo que me entristece es ver en lo profundo de sus ojos que por un día desearía volver el tiempo atrás.